martes, 10 de abril de 2012
Acróstico: Fundação Dom Bosco
Felicidade é doar, ter sempre a oferecer
Uma palavra amiga, um apoio, um conforto
Nivelar-se, unir-se num só coração
Dedicando tudo, a todo momento
A um só ideal
derriÇando dos preconceitos
Alimentando as esperanças
Objetivando um futuro melhor.
Delineando um caminho, uma meta
Ousando, seguindo em frente
Marcando o caminho com obras benéficas.
Balsamizando as feridas do sofrimento
Oferecendo recursos, concretizando sonhos
Semeando o bem e a certeza no amanhã
Canalizando fluidos positivos, contagiando
Oferecendo o coração, dando-se, unindo-se as mãos.
Uma palavra amiga, um apoio, um conforto
Nivelar-se, unir-se num só coração
Dedicando tudo, a todo momento
A um só ideal
derriÇando dos preconceitos
Alimentando as esperanças
Objetivando um futuro melhor.
Delineando um caminho, uma meta
Ousando, seguindo em frente
Marcando o caminho com obras benéficas.
Balsamizando as feridas do sofrimento
Oferecendo recursos, concretizando sonhos
Semeando o bem e a certeza no amanhã
Canalizando fluidos positivos, contagiando
Oferecendo o coração, dando-se, unindo-se as mãos.
martes, 6 de marzo de 2012
Acróstico: Marcelino Pereira da Silva
Menino travesso, tão meigo
Amigo constante nos instantes
Relíquia sagrada e querida
Companheiro na jornada da vida.
Espírito de luz abençoado
Lenitivo de esperança futura
Impetuoso, audaz, tão nobre
Navio aportado, braços abertos
Oráculo para as minhas preces e desejos.
Partícula do meu todo
Esperança e concreto
Rocha erguida no deserto da vida
Emissário das boas novas
Imortal no meu coração
Raio de luz, meu regaço
Alimento do meu eu na edificação.
Dádiva sagrada, presente divino
Abrigo nas tempestades, minha bonança.
Sábio nos ensinamentos da vida
Inesgotável fonte de sabedoria humana
Libertador do meu eu
Valioso tesouro sem preço
Admirável companheiro, meu amigo verdadeiro.
Amigo constante nos instantes
Relíquia sagrada e querida
Companheiro na jornada da vida.
Espírito de luz abençoado
Lenitivo de esperança futura
Impetuoso, audaz, tão nobre
Navio aportado, braços abertos
Oráculo para as minhas preces e desejos.
Partícula do meu todo
Esperança e concreto
Rocha erguida no deserto da vida
Emissário das boas novas
Imortal no meu coração
Raio de luz, meu regaço
Alimento do meu eu na edificação.
Dádiva sagrada, presente divino
Abrigo nas tempestades, minha bonança.
Sábio nos ensinamentos da vida
Inesgotável fonte de sabedoria humana
Libertador do meu eu
Valioso tesouro sem preço
Admirável companheiro, meu amigo verdadeiro.
jueves, 1 de marzo de 2012
Los Atributos de Dios - Libro de A.W.Pink -Parte 2
Los decretos de Dios - El decreto de Dios es su propósito o determinación respecto de las cosas futuras. Hemos usado el singular - como hace la Escritura (Romanos 8;28, Efesios 3:11) - porque sólo hubo un acto de su mente infinita acerca del futuro. Nosotros hablamos como si hubiera habido muchos, porque nuestras mentes únicamente pueden pensar en ciclos sucesivos, a medida que surgen los pensamientos y las ocasiones; o en referencia a los distintos objetos de su decreto, los cuales, siendo muchos, nos parece que requieren un propósito diferente para cada uno. Pero el conocimiento divino no procede gradualmente o por etapas: "El Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos"(Hechos 15:18).
Las Escrituras mencionan dos decretos de Dios en muchos pasajes y utilizando varios términos. La palabra "decreto" se encuentra en el salmo 2:7, etc. En Efesios 3:11 leemos acerca de su "propósito eterno". En Hechos 2:23 de su "determinado consejo y anticipado conocimiento". En Efesios 1:9 del "misterio de su voluntad". En Romanos 8:29 dice que Él también "predestinó". En Efesios 1:9 se menciona "su beneplácito". A los decretos de Dios se los llama sus "consejos", indicando que son consumadamente sabios, y su "voluntad" para mostrar que Dios no está bajo sujeción alguna, sino que actúa según su propio deseo. Cuando la regla de conducta de una persona es su propia voluntad, resulta generalmente caprichosa e irrazonable; pero en el proceder divino la sabiduría está siempre asociada con la voluntad y, por tanto, se dice que los decretos de Dios son "el designio de su voluntad" (Efesios 1:11).
Los decretos de Dios está relacionados con todas las cosas futuras sin excepción: todo lo que se lleva a cabo a su tiempo, fue predeterminado antes del principio del tiempo. El propósito de Dios afectaba a todo - grande o pequeño, bueno o malo -, aunque debemos apresurarnos a afirmar que, si bien Dios es quien ordena y controla el pecado, no es en modo alguno su Autor de la manera que es el Autor del bien. El pecado no podía proceder de la creación directa o positiva de un Dios Santo, sino solamente de su permiso por decreto y su accíón negativa. El decreto de Dios es tan amplio como su gobierno, y se extiende a todas las criaturas y acontecimientos. Se relaciona con nuestra vida y con nuestra muerte; con nuestro estado en el tiempo y en la eternidad. De la misma manera que juzgamos los planes de un arquitecto inspeccionando el edificio levantado bajo sus directrices, así también aprendemos por las obras de Aquel que hace todas las cosas según el designio de su voluntad cuál es (era) el propósito que tenía.
Dios no decretó meramente hacer al hombre, ponerlo sobre la Tierra y luego dejarlo bajo su propia guía incontrolada; sino que fijó todas las circunstancias de la muerte de los individuos y todos los pormenores que la Historia de la raza humana comprende, desde su principio hasta su fin. No decretó solamente que se establecieran leyes para el gobierno del mundo, sino que dispuso la aplicación de las mismas en cada caso particular. Nuestros días están contados, así también como los cabellos de nuestra cabeza. Podemos entender el alcance de los decretos divinos si pensamos en las dispensaciones de la Providencia en las cuales aquellos se cumplen. Los cuidados de la Providencia alcanzan a la más insignificante de las criaturas y al más nimio de los acontecimientos, tales como la muerte de un gorrión o la caída de un cabello.
Consideremos ahora algunas de las peculiaridades de los decretos divinos. Estos son, en primer lugar, eternos. Suponer que algunos de ellos se haya dictado dentro del tiempo, equivale a decir que se ha dado un caso imprevisto o alguna combinación de circunstancias que ha inducido al Altísimo a tomar una nueva resolución. Esto significaría que los conocimientos de la Deidad son limitados, y que con el tiempo esta va aumentando en sabiduría, lo cual sería una blasfemia horrible. Nadie que crea que el entendimiento divino es infinito y que abarca el pasado, presente y futuro, asentirá nunca a la doctrina de los decretos temporales. Dios no ignora los acontecimientos futuros que se ejecutarán por voluntad humana (los ha predicho en innumerables ocasiones), y la profecía no es otra cosa que la manifestación de su presencia eterna. La Escritura afirma que los creyentes fueron escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4); más aún, que la gracia les fue "dada" a estos ya entonces (2 Timoteo 1:9).
En segundo lugar, los decretos de Dios son sabios. La sabiduría se muestra en la selección de los mejores fines posibles y de los medios más apropiados para cumplirlos. Por lo que conocemos de los decretos de Dios, es evidente que poseen esta característica. Así se nos descubre en su cumplimiento: todas las muestras de sabiduría en las obras de Dios son prueba del plan sabio por el que se llevan a cabo. Como declara el Salmista: "¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría" (Salmo 104:24). Sólo podemos contemplar una pequeñísima parte de ellas; pero, como en otros casos, conviene que procedamos a juzgar el todo por la muestra, lo desconocido por lo conocido. Aquel que, al examinar parte del funcionamiento de una máquina, percibe el admirable ingenio de su construcción, creerá, naturalmente, que las demás partes son igualmente admirables. De la misma manera, cuando las dudas acerca de las obras de Dios asaltan nuestra mente, deberíamos rechazar aquellas objeciones que no podemos reconciliar con nuestras ideas de lo que es bueno y sabio. Cuando alcancemos los límites de o finito y miremos hacia el misterioso reino de lo infinito, exclamemos: "¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!" (Romanos 11:33).
En tercer lugar, los decretos de Dios son libres. "¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?" (Isaías 40:13,14). Cuando Dios dictó sus decretos, estaba solo, y sus determinaciones no se vieron influidas por causa externa alguna. Era libre para decretar o dejar de hacerlo, y para decretar una cosa y no otra. Es preciso atribuir esta libertad a Aquel que es supremo, independiente y soberano en todas sus acciones.
En cuarto lugar, los decretos de Dios son absolutos e incondicionales. Su ejecución no está supeditada a condición alguna que se pueda o no cumplir. En todos los caso en los que Dios ha decretado un fin, ha decretado también todos los medios para dicho fin. El que decretó la salvación de sus elegidos, decretó también el obrar fe en ellos (2 Tesalonicenses 2:13). "Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero" (Isaías 46:10); pero esto no podría ser así si su consejo dependiese de una condición que pudiera dejar de cumplirse. Dios "hace todas las cosas según el designio de su voluntad" (Efesios 1:11).
Junto a la inmutabilidad e inviolabilidad de los decretos de Dios, la Escritura enseña claramente que el hombre es una criatura responsable de sus acciones, de las cuales debe rendir cuentas. Y si nuestras ideas están conformadas por la palabra de Dios, la afirmación de una de sus enseñanzas no nos llevará a la negación de la otra. Reconocemos que existe verdadera dificultad en definir dónde termina la una y dónde comienza la otra. Esto ocurre cada vez que lo divino y lo humano se confunden. La verdadera oración está redactada por el Espíritu; no obstante, es también el clamor de un corazón humano. Las Escrituras constituyen la palabra inspirada de Dios, pero fueron escritas por hombres que ran algo más que máquinas en las manos del Espíritu. Cristo es Dios, y también es hombre. Es omnisciente, pero "crecía en sabiduría" (Lucas 2:52). Es todopoderoso y, sin embargo, "fue crucificado en debilidad" (2 Corintios 13:4). Es el Príncipe de vida, pero murió. Estos son grandes misterios, pero la fe los recibe sin discusión.
En el pasado se ha señalado frecuentemente que toda objeción en contra de los decretos eternos de Dios se aplica con la misma fuerza contra su eterna presciencia. Tanto si Dios ha decretado todas las cosas que acontecen como si no lo ha hecho, todos los que reconocen la existencia de un Dios reconocen que este sabe todas las cosas de antemano. Ahora bien, es evidente que si Él conoce todas las cosas de antemano, las aprueba o no las aprueba; es decir, bien quiere que acontezcan o bien no lo quiere. Pero querer que las mismas acontezcan es decretarlas.
Finalmente, tratemos de hacer una suposición y luego consideremos lo contrario de la misma. Negar los decretos de Dios sería aceptar un mundo - y todo lo que se relaciona con él - regulado por un accidente sin designio o por un destino ciego. ¿Qué paz, qué seguridad, qué consuelo habría entonces para nuestros pobres corazones y mentes? ¿Qué refugio al que acogerse en la hora de la necesidad y la prueba? Ni el más mínimo. No habría cosa mejor que las negras tinieblas y el abyecto horror del ateísmo. ¡Querido lector, cuán agradecidos tendríamos que estar porque todo se halla determinado por la bondad y la sabiduría infinitas! ¡Cuánta alabanza y gratitud le debemos a Dios por sus decretos! Por ellos sabemos que "a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Romanos 8:28). Bien podemos exclamar: "Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén." (Romanos 11:36). Dios os bendiga.
Las Escrituras mencionan dos decretos de Dios en muchos pasajes y utilizando varios términos. La palabra "decreto" se encuentra en el salmo 2:7, etc. En Efesios 3:11 leemos acerca de su "propósito eterno". En Hechos 2:23 de su "determinado consejo y anticipado conocimiento". En Efesios 1:9 del "misterio de su voluntad". En Romanos 8:29 dice que Él también "predestinó". En Efesios 1:9 se menciona "su beneplácito". A los decretos de Dios se los llama sus "consejos", indicando que son consumadamente sabios, y su "voluntad" para mostrar que Dios no está bajo sujeción alguna, sino que actúa según su propio deseo. Cuando la regla de conducta de una persona es su propia voluntad, resulta generalmente caprichosa e irrazonable; pero en el proceder divino la sabiduría está siempre asociada con la voluntad y, por tanto, se dice que los decretos de Dios son "el designio de su voluntad" (Efesios 1:11).
Los decretos de Dios está relacionados con todas las cosas futuras sin excepción: todo lo que se lleva a cabo a su tiempo, fue predeterminado antes del principio del tiempo. El propósito de Dios afectaba a todo - grande o pequeño, bueno o malo -, aunque debemos apresurarnos a afirmar que, si bien Dios es quien ordena y controla el pecado, no es en modo alguno su Autor de la manera que es el Autor del bien. El pecado no podía proceder de la creación directa o positiva de un Dios Santo, sino solamente de su permiso por decreto y su accíón negativa. El decreto de Dios es tan amplio como su gobierno, y se extiende a todas las criaturas y acontecimientos. Se relaciona con nuestra vida y con nuestra muerte; con nuestro estado en el tiempo y en la eternidad. De la misma manera que juzgamos los planes de un arquitecto inspeccionando el edificio levantado bajo sus directrices, así también aprendemos por las obras de Aquel que hace todas las cosas según el designio de su voluntad cuál es (era) el propósito que tenía.
Dios no decretó meramente hacer al hombre, ponerlo sobre la Tierra y luego dejarlo bajo su propia guía incontrolada; sino que fijó todas las circunstancias de la muerte de los individuos y todos los pormenores que la Historia de la raza humana comprende, desde su principio hasta su fin. No decretó solamente que se establecieran leyes para el gobierno del mundo, sino que dispuso la aplicación de las mismas en cada caso particular. Nuestros días están contados, así también como los cabellos de nuestra cabeza. Podemos entender el alcance de los decretos divinos si pensamos en las dispensaciones de la Providencia en las cuales aquellos se cumplen. Los cuidados de la Providencia alcanzan a la más insignificante de las criaturas y al más nimio de los acontecimientos, tales como la muerte de un gorrión o la caída de un cabello.
Consideremos ahora algunas de las peculiaridades de los decretos divinos. Estos son, en primer lugar, eternos. Suponer que algunos de ellos se haya dictado dentro del tiempo, equivale a decir que se ha dado un caso imprevisto o alguna combinación de circunstancias que ha inducido al Altísimo a tomar una nueva resolución. Esto significaría que los conocimientos de la Deidad son limitados, y que con el tiempo esta va aumentando en sabiduría, lo cual sería una blasfemia horrible. Nadie que crea que el entendimiento divino es infinito y que abarca el pasado, presente y futuro, asentirá nunca a la doctrina de los decretos temporales. Dios no ignora los acontecimientos futuros que se ejecutarán por voluntad humana (los ha predicho en innumerables ocasiones), y la profecía no es otra cosa que la manifestación de su presencia eterna. La Escritura afirma que los creyentes fueron escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4); más aún, que la gracia les fue "dada" a estos ya entonces (2 Timoteo 1:9).
En segundo lugar, los decretos de Dios son sabios. La sabiduría se muestra en la selección de los mejores fines posibles y de los medios más apropiados para cumplirlos. Por lo que conocemos de los decretos de Dios, es evidente que poseen esta característica. Así se nos descubre en su cumplimiento: todas las muestras de sabiduría en las obras de Dios son prueba del plan sabio por el que se llevan a cabo. Como declara el Salmista: "¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría" (Salmo 104:24). Sólo podemos contemplar una pequeñísima parte de ellas; pero, como en otros casos, conviene que procedamos a juzgar el todo por la muestra, lo desconocido por lo conocido. Aquel que, al examinar parte del funcionamiento de una máquina, percibe el admirable ingenio de su construcción, creerá, naturalmente, que las demás partes son igualmente admirables. De la misma manera, cuando las dudas acerca de las obras de Dios asaltan nuestra mente, deberíamos rechazar aquellas objeciones que no podemos reconciliar con nuestras ideas de lo que es bueno y sabio. Cuando alcancemos los límites de o finito y miremos hacia el misterioso reino de lo infinito, exclamemos: "¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!" (Romanos 11:33).
En tercer lugar, los decretos de Dios son libres. "¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?" (Isaías 40:13,14). Cuando Dios dictó sus decretos, estaba solo, y sus determinaciones no se vieron influidas por causa externa alguna. Era libre para decretar o dejar de hacerlo, y para decretar una cosa y no otra. Es preciso atribuir esta libertad a Aquel que es supremo, independiente y soberano en todas sus acciones.
En cuarto lugar, los decretos de Dios son absolutos e incondicionales. Su ejecución no está supeditada a condición alguna que se pueda o no cumplir. En todos los caso en los que Dios ha decretado un fin, ha decretado también todos los medios para dicho fin. El que decretó la salvación de sus elegidos, decretó también el obrar fe en ellos (2 Tesalonicenses 2:13). "Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero" (Isaías 46:10); pero esto no podría ser así si su consejo dependiese de una condición que pudiera dejar de cumplirse. Dios "hace todas las cosas según el designio de su voluntad" (Efesios 1:11).
Junto a la inmutabilidad e inviolabilidad de los decretos de Dios, la Escritura enseña claramente que el hombre es una criatura responsable de sus acciones, de las cuales debe rendir cuentas. Y si nuestras ideas están conformadas por la palabra de Dios, la afirmación de una de sus enseñanzas no nos llevará a la negación de la otra. Reconocemos que existe verdadera dificultad en definir dónde termina la una y dónde comienza la otra. Esto ocurre cada vez que lo divino y lo humano se confunden. La verdadera oración está redactada por el Espíritu; no obstante, es también el clamor de un corazón humano. Las Escrituras constituyen la palabra inspirada de Dios, pero fueron escritas por hombres que ran algo más que máquinas en las manos del Espíritu. Cristo es Dios, y también es hombre. Es omnisciente, pero "crecía en sabiduría" (Lucas 2:52). Es todopoderoso y, sin embargo, "fue crucificado en debilidad" (2 Corintios 13:4). Es el Príncipe de vida, pero murió. Estos son grandes misterios, pero la fe los recibe sin discusión.
En el pasado se ha señalado frecuentemente que toda objeción en contra de los decretos eternos de Dios se aplica con la misma fuerza contra su eterna presciencia. Tanto si Dios ha decretado todas las cosas que acontecen como si no lo ha hecho, todos los que reconocen la existencia de un Dios reconocen que este sabe todas las cosas de antemano. Ahora bien, es evidente que si Él conoce todas las cosas de antemano, las aprueba o no las aprueba; es decir, bien quiere que acontezcan o bien no lo quiere. Pero querer que las mismas acontezcan es decretarlas.
Finalmente, tratemos de hacer una suposición y luego consideremos lo contrario de la misma. Negar los decretos de Dios sería aceptar un mundo - y todo lo que se relaciona con él - regulado por un accidente sin designio o por un destino ciego. ¿Qué paz, qué seguridad, qué consuelo habría entonces para nuestros pobres corazones y mentes? ¿Qué refugio al que acogerse en la hora de la necesidad y la prueba? Ni el más mínimo. No habría cosa mejor que las negras tinieblas y el abyecto horror del ateísmo. ¡Querido lector, cuán agradecidos tendríamos que estar porque todo se halla determinado por la bondad y la sabiduría infinitas! ¡Cuánta alabanza y gratitud le debemos a Dios por sus decretos! Por ellos sabemos que "a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Romanos 8:28). Bien podemos exclamar: "Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén." (Romanos 11:36). Dios os bendiga.
jueves, 9 de febrero de 2012
Los Atributos de Dios - Libro de A.W.Pink -Parte 1
"Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien" (Job 22:21). "Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová" (Jeremías 9:23-24).
El salvífico conocimiento espiritual de Dios es la mayor de las necesidades de toda criatura humana. El fundamento de cualquier conocimiento verdadero de Dios ha de ser clara comprensión de sus perfecciones, tales como se revelan en la Sagrada Escritura. No podemos servir ni adorar a un Dios desconocido, ni depositar nuestra confianza en Él. Necesitamos algo más que un conocimiento teórico de Dios. El alma solo conoce verdaderamente a Dios cuando se rinde a Él, cuando se somete a su autoridad, y cuando los preceptos y mandamientos divinos regulan todos los detalles de su vida. "Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová" (Oseas 6:3). "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá" (Juan 7:17). "Mas el pueblo que conoce a su Dios, se esforzará" (Daniel 11:32).
La soledad de Dios-
El título de este capítulo quizá no sea lo suficientemente explícito para indicar su tema. Ello se debe, en parte, a que muy pocas personas están acostumbradas en la actualidad a meditar acerca de las perfecciones personales de Dios. Relativamente pocos de aquellos que leen la Biblia ocasionalmente saben de la grandeza del carácter divino, que inspira temor e incita a la adoración. Que Dios es grande en sabiduría, maravilloso en poder y, sin embargo, está lleno de misericordia, a muchos les parece casi del dominio público; pero tomar en consideración lo que pudiera ser un conocimiento adecuado de su Ser,, su Naturaleza y sus Atributos, tales como se revelan en la Sagrada Escritura, es cosa que poquísimas personas han alcanzado en estos degenerados tiempos. Dios es único en su excelencia. "¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?" (Éxodo 15:11).
"En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Génesis 1.1). Hubo un tiempo (si "tiempo" puede llamársele) cuando Dios, en la unidad de su naturaleza (aunque existiendo igualmente en tres personas divinas), habitaba solo. "En el principio...Dios". Aún no había Cielo (donde ahora se manifiesta particularmente su gloria); no había Tierra que ocupara su atención; ni había ángeles que cantaran sus alabanzas; ni universo que se sostuviese por la palabra de su poder; no había nada ni nadie, sino solo Dios. Y esto, no durante un día, ni un año, ni una época, sino "desde el siglo". Durante toda una eternidad pasada, Dios estuvo solo: completo, suficiente, satisfecho en sí mismo, no necesitando nada. Si de algún modo hubiera tenido necesidad de un universo, o de ángeles o seres humanos, los hubiese llamado a la existencia desde toda la eternidad. Estos nada añadieron esencialmente a Dios cuando Él los creó. Él no cambia (Malaquias 3:6), por lo que su gloria sustancial no se puede aumentar ni disminuir.
Dios no estaba bajo coacción, obligación o necesidad alguna de crear. El que quisiera hacerlo fue puramente un acto soberano de su parte: no producido por nada fuera de sí mismo, ni determinado por cosa alguna sino por su propia buena voluntad, ya que Él "hace todas las cosas según el designo de su voluntad" (Efesios 1:11), Él creó simplemente para manifestar su gloria. ¿Cree alguno de nuestros lectores que hemos ido más allá de lo que nos autoriza la Escritura? Entonces, nuestra apelación será a la Ley y al Testimonio: "Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta la eternidad: y bendígase el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza" (Nehemías 9:5). Dios no sale ganando nada ni siquiera con nuestra adoración. Él no necesitaba esa gloria externa de su gracia que procede de sus redimidos, porque es suficientemente glorioso en sí mismo sin ella. ¿Qué fue lo que le movió a predestinar a sus elegidos para la alabanza de la gloria de su gracia? Fue - como nos dice Efesios 1:5 - "el puro afecto de su voluntad".
Sabemos que el elevado terreno que estamos pisando es nuevo y extraño para casi todos nuestros lectores; por esta razón, haremos bien en movernos con cautela. Recurramos de nuevo a las Escrituras. Al final de Romanos 11, donde el Apóstol concluye su larga argumentación acerca de la salvación por la pura y soberana gracia, pregunta: "Porque, ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a Él primero, para que le fuese recompensado?" (versículos 34, 35). La importancia de esto es que resulta imposible someter al Todopoderoso a obligación alguna hacia la criatura. Dios no sale ganando nada con nosotros. "Si fueres justo, ¿qué le darás a Él? ¿O qué recibirá de tu mano? Al hombre como tú dañará tu impiedad, y al hijo del hombre aprovechará tu justicia" (Job 35:7,8), pero tu justicia no puede, en verdad, afectar a Dios, quien es bendito en sí mismo. "Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decir: Siervos inútiles somos" (Lucas 17:10); nuestra obediencia no le ha aprovechado a Dios en absoluto.
Es más, Nuestros Señor Jesucristo no añadió nada al ser y a la gloria esenciales de Dios, ni por lo que hizo, ni por lo que sufrió. Es verdad, bendita y gloriosa verdad, que nos manifestó la gloria de Dios, pero no añadió nada a Dios. Él mismo lo declara explícitamente y sin apelación posible al decir: "Mi bien a ti no aprovecha" (Salmo 16:2 RV1909). Todo este salmo es de Cristo. La bondad o la justicia de Cristo aprovechó a sus santos en la Tierra (Salmo 16:3), pero Dios estaba por encima y más allá de todo ello, pues es "el bendito" (Marcos 14:61).
Es absolutamente cierto que los hombres honran o deshonran a Dios; no en su ser sustancial, sino en su carácter oficial. Y es igualmente cierto que Dios ha sido "glorificado" por la creación, la providencia y la redención. Esto no lo negamos, ni nos atreveríamos a hacerlo. Pero todo ello tiene que ver con su gloria manifestada, y nuestro reconocimiento de ella. Con todo, si Dios así lo hubiera deseado, habría podido continuar solo por toda la eternidad, sin dar a conocer su gloria a criatura alguna. El que no lo haya hecho, fue únicamente su decisión soberana. Él era perfectamente bendito en sí mismo antes de que la primera criatura fuera llamada a la vida. ¿Y qué son para Dios aun ahora todas las obras de sus manos? Dejemos otra vez que la Escritura conteste: "He aquí que las naciones le son como una gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las naciones delante de Él; en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? (Isaías 40:15-18).
Este es el Dios de la Escritura. Sí, aún es "el Dios no conocido" (Hechos 17:23) para las multitudes descuidadas. "Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; Él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. Él convierte en nada los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana" (Isaías 40:22-23). ¡Cuán infinitamente distinto es el Dios de la Escritura del "dios" del púlpito habitual!
El testimonio del Nuevo Testamento no difiere en nada del que hallamos en el Antiguo. No podría ser de otro modo, teniendo ambos el mismo Autor. También ahí leemos: "La cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de Reyes, y Señor de Señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver; al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén." (1 Timoteo 6:15-16). Al tal debe reverenciarse, glorificarse y adorarse. Él está solo en su majestad, en único en su excelencia, incomparable en sus perfecciones...Él lo sostiene todo, pero, en sí mismo, es independiente de todas las cosas. Él da a todos, pero no es enriquecido por nadie.
A un Dios así no se le puede conocer mediante la investigación, sino solo cuando el Espíritu Santo lo revela al corazón, por medio de la Palabra. Es verdad que la creación revela a un Creador, y que los hombres resultan totalmente "inexcusables"; sin embargo, aún tenemos que decir como Job: "He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡Y cuán leve es el susurro que hemos oído de Él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender?" (26:14). Creemos que el llamado argumento según designio, usado por algunos "apologistas" sinceros, ha producido mucho más daño que beneficio, ya que se ha intentado rebajar al gran Dios al nivel de la comprensión finita y, de este modo, se ha perdido de vista su excelencia única.
Se ha hecho una analogía con el salvaje que encuentra un reloj en la selva, y quien, después de un examen detenido del mismo, deduce que existe un relojero. Hasta aquí está muy bien. Pero intentemos ir más lejos: supongamos que el salvaje trata de formarse una idea de ese relojero, de sus afectos personales y maneras, de su disposición, sus conocimientos y su carácter moral, todo lo que - en conjunto - forma una personalidad. ¿Podría nunca concebir o imaginar a un hombre real - el hombre que hizo el reloj - y decir: "yo lo conozco"? Tal pregunta parece fútil, ¿pero está el Dios eterno e infinito mucho más al alcance de la razón humana que ese relojero del salvaje? Ciertamente no. Al Dios de la Escritura solo lo puedes conocer aquellos a los cuales Él mismo se da a conocer.
Tampoco el intelecto puede conocer a Dios: "Dios es Espíritu" (Juan 4:24) y, por tanto, solo se le puede conocer espiritualmente. El hombre caído no es espiritual, sino carnal: está muerto a todo lo que es espiritual. A menos que nazca de nuevo, que se le traslade sobrenaturalmente de la muerte a la vida - se le lleve milagrosamente de las tinieblas a la luz -, no puede siquiera ver las cosas de Dios (Juan 3:3), mucho menos entenderlas (1 Coríntios 2:14). El Espíritu Santo ha de resplandecer en nuestros corazones - no en el intelecto - para darnos "el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo" (2 Coríntios 4:6). Y aun el conocimiento espiritual es solamente fragmentario: el alma regenerada ha de crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 3:18).
La oración y el propósito principales de los cristianos han de serl el "andar como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios" (Colosenses 1:10).
El salvífico conocimiento espiritual de Dios es la mayor de las necesidades de toda criatura humana. El fundamento de cualquier conocimiento verdadero de Dios ha de ser clara comprensión de sus perfecciones, tales como se revelan en la Sagrada Escritura. No podemos servir ni adorar a un Dios desconocido, ni depositar nuestra confianza en Él. Necesitamos algo más que un conocimiento teórico de Dios. El alma solo conoce verdaderamente a Dios cuando se rinde a Él, cuando se somete a su autoridad, y cuando los preceptos y mandamientos divinos regulan todos los detalles de su vida. "Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová" (Oseas 6:3). "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá" (Juan 7:17). "Mas el pueblo que conoce a su Dios, se esforzará" (Daniel 11:32).
La soledad de Dios-
El título de este capítulo quizá no sea lo suficientemente explícito para indicar su tema. Ello se debe, en parte, a que muy pocas personas están acostumbradas en la actualidad a meditar acerca de las perfecciones personales de Dios. Relativamente pocos de aquellos que leen la Biblia ocasionalmente saben de la grandeza del carácter divino, que inspira temor e incita a la adoración. Que Dios es grande en sabiduría, maravilloso en poder y, sin embargo, está lleno de misericordia, a muchos les parece casi del dominio público; pero tomar en consideración lo que pudiera ser un conocimiento adecuado de su Ser,, su Naturaleza y sus Atributos, tales como se revelan en la Sagrada Escritura, es cosa que poquísimas personas han alcanzado en estos degenerados tiempos. Dios es único en su excelencia. "¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?" (Éxodo 15:11).
"En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Génesis 1.1). Hubo un tiempo (si "tiempo" puede llamársele) cuando Dios, en la unidad de su naturaleza (aunque existiendo igualmente en tres personas divinas), habitaba solo. "En el principio...Dios". Aún no había Cielo (donde ahora se manifiesta particularmente su gloria); no había Tierra que ocupara su atención; ni había ángeles que cantaran sus alabanzas; ni universo que se sostuviese por la palabra de su poder; no había nada ni nadie, sino solo Dios. Y esto, no durante un día, ni un año, ni una época, sino "desde el siglo". Durante toda una eternidad pasada, Dios estuvo solo: completo, suficiente, satisfecho en sí mismo, no necesitando nada. Si de algún modo hubiera tenido necesidad de un universo, o de ángeles o seres humanos, los hubiese llamado a la existencia desde toda la eternidad. Estos nada añadieron esencialmente a Dios cuando Él los creó. Él no cambia (Malaquias 3:6), por lo que su gloria sustancial no se puede aumentar ni disminuir.
Dios no estaba bajo coacción, obligación o necesidad alguna de crear. El que quisiera hacerlo fue puramente un acto soberano de su parte: no producido por nada fuera de sí mismo, ni determinado por cosa alguna sino por su propia buena voluntad, ya que Él "hace todas las cosas según el designo de su voluntad" (Efesios 1:11), Él creó simplemente para manifestar su gloria. ¿Cree alguno de nuestros lectores que hemos ido más allá de lo que nos autoriza la Escritura? Entonces, nuestra apelación será a la Ley y al Testimonio: "Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta la eternidad: y bendígase el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza" (Nehemías 9:5). Dios no sale ganando nada ni siquiera con nuestra adoración. Él no necesitaba esa gloria externa de su gracia que procede de sus redimidos, porque es suficientemente glorioso en sí mismo sin ella. ¿Qué fue lo que le movió a predestinar a sus elegidos para la alabanza de la gloria de su gracia? Fue - como nos dice Efesios 1:5 - "el puro afecto de su voluntad".
Sabemos que el elevado terreno que estamos pisando es nuevo y extraño para casi todos nuestros lectores; por esta razón, haremos bien en movernos con cautela. Recurramos de nuevo a las Escrituras. Al final de Romanos 11, donde el Apóstol concluye su larga argumentación acerca de la salvación por la pura y soberana gracia, pregunta: "Porque, ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a Él primero, para que le fuese recompensado?" (versículos 34, 35). La importancia de esto es que resulta imposible someter al Todopoderoso a obligación alguna hacia la criatura. Dios no sale ganando nada con nosotros. "Si fueres justo, ¿qué le darás a Él? ¿O qué recibirá de tu mano? Al hombre como tú dañará tu impiedad, y al hijo del hombre aprovechará tu justicia" (Job 35:7,8), pero tu justicia no puede, en verdad, afectar a Dios, quien es bendito en sí mismo. "Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decir: Siervos inútiles somos" (Lucas 17:10); nuestra obediencia no le ha aprovechado a Dios en absoluto.
Es más, Nuestros Señor Jesucristo no añadió nada al ser y a la gloria esenciales de Dios, ni por lo que hizo, ni por lo que sufrió. Es verdad, bendita y gloriosa verdad, que nos manifestó la gloria de Dios, pero no añadió nada a Dios. Él mismo lo declara explícitamente y sin apelación posible al decir: "Mi bien a ti no aprovecha" (Salmo 16:2 RV1909). Todo este salmo es de Cristo. La bondad o la justicia de Cristo aprovechó a sus santos en la Tierra (Salmo 16:3), pero Dios estaba por encima y más allá de todo ello, pues es "el bendito" (Marcos 14:61).
Es absolutamente cierto que los hombres honran o deshonran a Dios; no en su ser sustancial, sino en su carácter oficial. Y es igualmente cierto que Dios ha sido "glorificado" por la creación, la providencia y la redención. Esto no lo negamos, ni nos atreveríamos a hacerlo. Pero todo ello tiene que ver con su gloria manifestada, y nuestro reconocimiento de ella. Con todo, si Dios así lo hubiera deseado, habría podido continuar solo por toda la eternidad, sin dar a conocer su gloria a criatura alguna. El que no lo haya hecho, fue únicamente su decisión soberana. Él era perfectamente bendito en sí mismo antes de que la primera criatura fuera llamada a la vida. ¿Y qué son para Dios aun ahora todas las obras de sus manos? Dejemos otra vez que la Escritura conteste: "He aquí que las naciones le son como una gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las naciones delante de Él; en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? (Isaías 40:15-18).
Este es el Dios de la Escritura. Sí, aún es "el Dios no conocido" (Hechos 17:23) para las multitudes descuidadas. "Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; Él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. Él convierte en nada los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana" (Isaías 40:22-23). ¡Cuán infinitamente distinto es el Dios de la Escritura del "dios" del púlpito habitual!
El testimonio del Nuevo Testamento no difiere en nada del que hallamos en el Antiguo. No podría ser de otro modo, teniendo ambos el mismo Autor. También ahí leemos: "La cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de Reyes, y Señor de Señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver; al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén." (1 Timoteo 6:15-16). Al tal debe reverenciarse, glorificarse y adorarse. Él está solo en su majestad, en único en su excelencia, incomparable en sus perfecciones...Él lo sostiene todo, pero, en sí mismo, es independiente de todas las cosas. Él da a todos, pero no es enriquecido por nadie.
A un Dios así no se le puede conocer mediante la investigación, sino solo cuando el Espíritu Santo lo revela al corazón, por medio de la Palabra. Es verdad que la creación revela a un Creador, y que los hombres resultan totalmente "inexcusables"; sin embargo, aún tenemos que decir como Job: "He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡Y cuán leve es el susurro que hemos oído de Él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender?" (26:14). Creemos que el llamado argumento según designio, usado por algunos "apologistas" sinceros, ha producido mucho más daño que beneficio, ya que se ha intentado rebajar al gran Dios al nivel de la comprensión finita y, de este modo, se ha perdido de vista su excelencia única.
Se ha hecho una analogía con el salvaje que encuentra un reloj en la selva, y quien, después de un examen detenido del mismo, deduce que existe un relojero. Hasta aquí está muy bien. Pero intentemos ir más lejos: supongamos que el salvaje trata de formarse una idea de ese relojero, de sus afectos personales y maneras, de su disposición, sus conocimientos y su carácter moral, todo lo que - en conjunto - forma una personalidad. ¿Podría nunca concebir o imaginar a un hombre real - el hombre que hizo el reloj - y decir: "yo lo conozco"? Tal pregunta parece fútil, ¿pero está el Dios eterno e infinito mucho más al alcance de la razón humana que ese relojero del salvaje? Ciertamente no. Al Dios de la Escritura solo lo puedes conocer aquellos a los cuales Él mismo se da a conocer.
Tampoco el intelecto puede conocer a Dios: "Dios es Espíritu" (Juan 4:24) y, por tanto, solo se le puede conocer espiritualmente. El hombre caído no es espiritual, sino carnal: está muerto a todo lo que es espiritual. A menos que nazca de nuevo, que se le traslade sobrenaturalmente de la muerte a la vida - se le lleve milagrosamente de las tinieblas a la luz -, no puede siquiera ver las cosas de Dios (Juan 3:3), mucho menos entenderlas (1 Coríntios 2:14). El Espíritu Santo ha de resplandecer en nuestros corazones - no en el intelecto - para darnos "el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo" (2 Coríntios 4:6). Y aun el conocimiento espiritual es solamente fragmentario: el alma regenerada ha de crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 3:18).
La oración y el propósito principales de los cristianos han de serl el "andar como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios" (Colosenses 1:10).
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